Ir a terapia…
“Necesito herramientas para saber decir que no”
“Estoy bloqueado/a, no sé tomar decisiones”
“Tengo que tomar una decisión vital, profesional…, y no soy capaz, me crea mucha ansiedad y acabo llorando y bloqueado/a”
“Tengo la sensación de que me estoy perdiendo algo en la vida y no sé qué es”
“No quiero mi vida tal y como está ahora, pero no soy capaz de dejarla, tengo miedo a equivocarme en la decisión y que luego sea peor de lo que estoy viviendo ahora, y me vea más solo/a”
“No veo soluciones a mis problemas, y la única solución que encuentro es desaparecer del mapa, porque ya me dirás para qué…”
“Mi pareja no quiere tener relaciones sexuales conmigo. Yo lo considero una cosa importante para nosotros, para mí, para la pareja. Llevamos meses así. No sé qué hacer”
“Creo que soy adicto/a a las relaciones. He sido infiel a mi pareja, pero no puedo parar de consular las apps de citas y de conocer gente. Me gusta mucho la novedad, lo que puedo llegar a tener y conocer de otras personas diferentes a mi pareja”.
¿Todos estos comentarios os son conocidos? Son muy comunes en terapia. Estos comentarios son a veces el origen de la demanda del paciente cuando llega a terapia. Es aquí, desde este punto cuando se pone en movimiento la terapia en psicología. Empezamos a preguntar, a indagar, a escarbar el por qué hemos llegado aquí y vamos a ver cómo podemos salir de esta situación.

Esto lleva tiempo, paciencia, lleva avances y subidas, así como retrocesos y pánico. Lleva a plantearse el cambio, a tomar decisiones, a obtener “herramientas” de funcionamiento. Conlleva paciencia por parte del paciente y también del terapeuta. Querer correr para acabar cuanto antes mejor lleva a errores, a malas interpretaciones y malos pasos…
El primer día de terapia, cuando explico que no soy juez, que en mi título pone psicólogo, que voy a ayudarlos en cuanto pueda, que debemos encontrar la forma de funcionar, etc., la siguiente pregunta siempre es: “¿cuántas sesiones calculas que nos llevará solucionar esto?”. Mi respuesta siempre es la misma: no lo sé. Cada persona es única, cada personita tiene sus tiempos, su forma de procesar, su manera de asimilar las cosas. Cuanta más resistencia al cambio más tiempo nos lleva en ocasiones. Cuando más miedo al error, a la decisión en sí misma, más tiempo nos lleva.
A veces está la sensación de no avanzar, pero es que ir a terapia no son sólo los minutos que dure la sesión, sino también lo que se hace a posteriori con lo tratado en ella. Poner en práctica lo que se proporciona, no temer la decepción, aguantar la incomodidad de la incertidumbre, es importante.
Necesitamos tener información para ver cómo son los procesos de pensamiento, cómo se toman decisiones, si cuesta igual en todas las áreas vitales de la persona, si una cuesta más que otras, si se asumen consecuencias o se “escurre el bulto”, si da miedo…
Decidir, al fin y al cabo, conlleva escoger entre 2 opciones (normalmente). Conlleva asumir las consecuencias de lo que se deja y comprometerse con lo escogido. Y eso da respeto, sino miedo, cuando no se saben gestionar las emociones.
También estamos condicionados por lo qué dirán los demás, su juicio hacia nosotros, la imagen que estemos proporcionando, la aceptación de los demás por nosotros mismos. Esa condición pesa mucho en las decisiones. Necesitamos proporcionar a los demás una imagen que sea aceptable y buena, digna de ser validada sin condiciones. Esa búsqueda de validación, esa necesidad, hace de nosotros una persona indecisa por naturaleza y que acaba generando conductas “extrañas” a ojos propios y ojos ajenos.
Confiad en vuestros profesionales de la salud mental, os ayudarán en todo este proceso. Y no tengáis miedo en iniciar terapia. Hacer un enlace terapéutico correcto no se realiza en un solo día, debéis conocer a vuestro terapeuta, al igual que él necesita conoceros a vosotros y cómo funcionáis.
Por nuestra parte hay una aceptación incondicional, el compromiso de ayuda y de respeto y el de buscar lo mejor para poder ayudaros.
¿Seguimos?

