La posibilidad de no tener el futuro que habíamos pensado.
Hay un sentimiento de pérdida de futuro cuando nos diagnostican una enfermedad crónica.
Estamos acostumbrados a vivir proyectados a futuro. Es angustiante, pero es un motor que nos impulsa hacia adelante. Proyectos, objetivos, deseos, aventuras, todo a futuro. Materializamos poco en el presente. El presente nos sirve para ir hacia el futuro, no lo disfrutamos. El presente nos sirve para ejecutar, materializar, experimentar para en un futuro poder hacer…, ¿qué?

Esta planificación, esta proyección a futuro (a veces necesaria, a veces exigente, a veces angustiante, a veces absorbente, a veces injusta, a veces caprichosa) puede verse truncada por algún suceso que pone en peligro ese posible futuro: una enfermedad, un accidente y sus secuelas… Cuando, lo único que entorpece el futuro es la muerte. El futuro vendrá, queramos o no… Lo que acabemos haciendo en él también dependerá de nosotros (si la planificación, los recursos y la situación mediante y contextual nos deja).
Cuando nos diagnostican una enfermedad (crónica, invalidante, degenerativa…) en algún momento de la vida en el que “no nos viene bien” (una enfermedad no viene bien nunca, por supuesto), hace que esa proyección de futuro se vea alterada, a veces arrasada, a veces completamente inasumible. Personitas que tenían una proyección de futuro laboral (pilotos de aviones, bailarines profesionales, tramoyistas, actores, capataces de obra, mineros…) deben dejar de tenerla en modo activo presente y buscar alternativas a esas profesiones por las que trabajaron y se esforzaron en tener.
Pero, este proceso de búsqueda de alternativas empieza por dejar de vivir a futuro.
El diagnóstico de una enfermedad es, en sí mismo, sólo un diagnóstico, una etiqueta. Hace tiempo, anterior al diagnóstico, que ya sabemos que las cosas no están bien, que no van bien, y que podrán tener arreglo (o no). La alternativa al no, eso tan temido y que el cerebro se niega a procesar, no es algo que lo tengamos presente, pensamos que tendrá arreglo. Es el diagnóstico lo que hace que tengamos que replantear, dejar de lado, buscar alternativas y, en algunos casos, sucumbir a la desesperación. Se nos rompe la proyección, aquello que habíamos imaginado, y lo que estábamos intentando mantener con el presente activo. Empezamos a echar de menos la posibilidad.
La posibilidad de ser, de viajar, de tener, de hacer, de decir, de experimentar, de trastear, de probar… Posibilidad de eso que imaginamos pero que una posible enfermedad o enfermedad de hecho nos va a hacer que no podamos disfrutar….
Y mientras tanto no aprovechamos, desechamos el presente, quemamos el tiempo pensado en la pérdida de esa posibilidad, que nadie nos había garantizado, y lamentamos la pérdida de la posibilidad de tener un futuro deseado, planificado y ordenado en nuestra mente. Esta situación genera mucha ansiedad en la persona que está transitando por el diagnóstico y síntomas presentes de una enfermedad.
Estamos hablando de enfermedades a largo recorrido, invalidantes en si mismas, o en accidentes que cambian vidas: ELA, Esclerosis Múltiple, Ataxias, Parkinson, Alzheimer, Corea de Huntintong, Lupus, EMOG, procesos desmielinizantes, accidentes vasculares cerebrales, ICTUS, daño cerebral adquirido, accidentes medulares,… (dejamos de lado las enfermedades ya detectadas en etapa infantil).
Vivamos un presente que, a pesar de las circunstancias globales, aún ofrece oportunidades de disfrute y ocio, gocemos de la compañía de los nuestros y de ajenos que estamos conociendo, centremos en el aquí y el ahora. Como decía un filósofo muy sabio: el futuro no está garantizado para nadie.
La proyección de futuro, cuando se ve alterada, necesita de un anclaje en el presente para poder tener alguna posibilidad de sobrevivir en el futuro más próximo.
¿Encontramos cómo?

